Comunidad El Tocuyo - Por Sabrina

Oír su voz cuando aparece el dolor

Frente a la crisis escolar y la adversidad, Maria Delgado una educadora venezolana narra cómo renovó su vocación y fe durante un retiro en Humocaro Bajo.

El impacto del doble terremoto que sacudió a Venezuela aquel 24 de junio no solo transformó la geografía y la rutina del país, sino que canceló los planes habituales de las vacaciones de la fraternidad de Comunión y Liberación (CL). En su lugar, la propuesta fue encontrarnos en pequeñas convivencias locales. Para la comunidad de El Tocuyo, el punto de encuentro fue la posada Los Humacos, en Humocaro Bajo del Estado Lara.

Foto Comunidad El Tocuyo - Por Sabrina

A aquel lugar hermoso, ubicado al pie de una montaña; lugar que me vio nacer, llegué con un dolor profundo y acumulado. El cierre del año escolar 2025-2026 no había sido más que el reflejo de lo que se vivió durante meses: un desorden continuo, una exigencia institucional sin lógica aparente y un desgaste físico y emocional devastador. Como educadora, ver cómo el sistema se desmorona generaba una impotencia constante.
En medio de ese cansancio, la convivencia me confrontó con una muestra sobre la figura bíblica de Nehemías, presentada por los jóvenes de CL. Hubo dos aspectos de esa exposición que resonaron directamente con mi herida abierta: la muestra enfatizaba esa verdad bíblica y humana de que cuando la cabeza no está bien, todo el cuerpo sufre. Para mí fue imposible no trasladarlo inmediatamente a mi entorno escolar: si los directivos o la parte ministerial marchan sin rumbo o en el desorden, toda la vida de la escuela se resquebraja. Sin embargo, aún con ese peso, el deseo mantenido a flote durante el año fue no perder de vista a los niños: buscar que aprendieran y aprovechar al máximo cada minuto con ellos. El segundo punto crucial fue contemplar la reacción de Nehemías al enterarse de que las murallas de Jerusalén estaban en ruinas y su pueblo devastado. Nehemías no se quedó en la lamentación ni en la queja estéril; lo primero que hizo fue volcarse a la oración. Reconoció el dolor, se arrodilló ante Dios y, solo desde ese recogimiento, encontró la claridad y el valor para ponerse en marcha.

Cuando llegó el momento de la asamblea, me atreví a exponer en público mi dolor, también compartí una fragilidad muy personal: en esos días iba con una pérdida de audición, una audición baja que me inquietaba. Mi oración interior ante el Señor era una súplica sencilla pero ferviente: “Por favor, permite que siempre te vea a ti y oiga tu voz; no me limites en esto”. Ante mi intervención, Leo me ayudó a dar una lectura distinta a lo que estaba experimentando: el dolor no es un obstáculo ni un punto final, el dolor también es un primer paso. Sentir ese dolor significa que el corazón no se ha insensibilizado ante la realidad.

Sabiendo que las dificultades del día a día no se van a resolver de una vez; le pido al Señor que sigan aconteciendo los hechos que me despierten, y poder dar pasos en la misión que me ha encomendado. Seguir caminando, acompañando a cada niño y estando presente para cumplir con esta labor, es precisamente allí, en medio de la cotidianidad, donde puedo seguir viéndolo a Él en acción.

En estos últimos días oigo su voz para continuar con esta misión en mi escuela, pero El me llama a la misma misión, pero en otro lugar y con otros niños. Señor que siga escuchando tu voz. Agradecida siempre por esta comunidad que me ayuda a centrarme.

Foto Comunidad El Tocuyo. Por Sabrina