Chichiriviche 2025. Foto por: Sabrina Di Scipio

Vivir las vacaciones nacionales

Dicen que en los primeros años de Comunión y Liberación, en Italia, don Giussani tuvo la certeza de que también en las cosas más sencillas —como pasar unos días juntos en la playa o en la montaña— se podía vivir la fe de manera intensa.
Rafael Escobar

Dicen que en los primeros años de Comunión y Liberación, en Italia, don Giussani tuvo la certeza de que también en las cosas más sencillas —como pasar unos días juntos en la playa o en la montaña— se podía vivir la fe de manera intensa. Así nacieron las “vacaciones”: un gesto donde la amistad, el descanso y el juego se vuelven ocasión de redescubrir lo esencial, de dejarnos educar incluso en medio de lo cotidiano. Desde entonces, en tantos rincones del mundo, las comunidades de CL han repetido este gesto con creatividad, convencidos de que la experiencia cristiana no se limita, sino que abarca la totalidad de la vida.


Foto: Sabrina Di Scipio

Este año, por primera vez en mis ocho años dentro del movimiento, participé en unas vacaciones nacionales de Comunión y Liberación en Venezuela. Hasta ahora solo había escuchado a amigos que hablaban con nostalgia de Choroní, de las noches de cantos, o de los juegos que se convertían en verdaderas batallas campales. Yo conocía esa memoria colectiva a través de otros, pero nunca la había experimentado.

Lo más sorprendente de nuestro destino no fue la belleza del paisaje, sino la manera en que todo estaba dispuesto en el lugar: cada detalle estaba pensado para que viviéramos una experiencia en comunidad. Había alguien que ya había hablado con los de la cocina, una lancha nos esperaba para llegar a la playa, y al bajarnos de ella ya estaba un lugar adecuado esperándonos, los horarios estaban cuidados, y todo se sostenía por el esfuerzo de un grupo que decía un Sí constante. Esa organización no era solo orden logístico: era un gesto de belleza, una manera concreta de decir que lo humano, incluso lo más simple, puede ser signo de algo más grande.

Y, por supuesto, no faltaron los juegos. Confieso que me sorprendió ver con qué seriedad se vivían. Dos equipos, retos, puntos en juego… y una pasión que hacía olvidar que se trataba de un “simple juego”. Giampiero, nuestro responsable para Latinoamérica, me contó que Giussani, desde las primeras vacaciones, organizaba juegos con los estudiantes. Porque allí, en lo cotidiano y lo aparentemente trivial, se forja la comunidad. Escucharlo me ayudó a mirar esa seriedad —esa intensidad por ganar— como un signo de algo más profundo: la vida compartida es siempre más verdadera cuando se juega en serio.



Para mí, estos días fueron una cadena de encuentros conmovedores: reencontrarme con viejos amigos y descubrir en ellos los cambios que el tiempo trae consigo; compartir con quienes apenas estaba conociendo y reconocer, en sus historias, la misma sed de sentido que me mueve a mí; y, sobre todo, experimentar lo que significa formar parte de un pueblo que, incluso en vacaciones, no olvida quién es. Rezamos laudes cada mañana, tuvimos encuentros diseñados para pensar en nuestra relación con Dios, y cada gesto, del descanso a la organización, de los juegos a las conversaciones bajo el sol, se volvía parte de una misma educación en la fe.

Chichiriviche 2025. Foto: Sabrina Di Scipio

Volví de Chichiriviche con la certeza de que estas vacaciones no son un paréntesis, sino una manera distinta de aprender a vivir. Porque, como decía Giussani, la fe no se separa de lo humano: lo ilumina.